La narrativa de fraude de López Aliaga se instala como eje de su discurso electoral, pese a no presentar pruebas. Días antes de los comicios, ya acusaba a la ONPE de confabular un presunto fraude para perjudicar su candidatura presidencial. En un mitin en Chulucanas, pidió a sus seguidores ser personeros y vigilar desde muy temprano las mesas de votación.
Horas previas al cierre, rechazó los primeros resultados de boca de urna y exigió ampliar el horario de votación. Después de la jornada, radicalizó su mensaje, convocó a plantones ante el JNE y lanzó ataques directos a sus autoridades. Además, señaló al jefe de la ONPE y llegó a pedir su detención inmediata ante sus simpatizantes. Incluso ofreció una recompensa de S/20.000 por supuestas pruebas de fraude, aunque luego retiró el anuncio.
Una estrategia con ecos regionales
Esta línea discursiva replica estrategias usadas por líderes como Donald Trump y Jair Bolsonaro, quienes también denunciaron fraudes sin evidencias. En esos casos, el relato derivó en movilizaciones e intentos de insurgencia de sus bases más radicalizadas. Politólogos advierten que este tipo de narrativa puede erosionar instituciones democráticas y capturar sectores desencantados con el sistema. Asimismo, señalan que, aunque carezca de sustento, puede generar réditos políticos al reforzar un discurso antisistema.
En el contexto peruano, la reiteración de estas acusaciones presiona a organismos electorales como ONPE y JNE. Por eso, especialistas piden responder con transparencia, pedagogía democrática y firmeza institucional frente a estas tácticas. Así, la narrativa de fraude de López Aliaga se convierte en un desafío directo a la confianza electoral.